domingo, 13 de octubre de 2013

LA PARÁBOLA DEL FARISEO Y EL PUBLICANO




En esta parábola del fariseo y el publicano la parte ostentosa y “mala” la hace un hombre que según la Ley era “bueno”, justo y cumplidor de la Ley.
El fariseo de este relato, son de aquellos que se habían arrogado la tarea de simbolizar, con la observancia estricta de los mandamientos y la multiplicación de las obras, al verdadero Israel, a la comunidad del tiempo de la salvación. Por cierto, todo lo que reza el fariseo: “Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos y adúlteros; ni tampoco como ese publicano”, es verdadero, sin embargo esta rectitud es lo que le hace ser impuro ante Dios. En efecto, el se considera autorizado a calificar a los demás y aún peor, creerse superior a ellos.
El publicano es un odiado recaudador de los impuestos, que trabajaba para el Imperio romano, esta labor, hace que él se halle antes los judíos en una situación de imperfección. Esto actitud de pecador es palpable,él no se atreve a acercarse al templo y se mantiene a distancia, ni siquiera se anima a levantar los ojos al cielo. Sin embargo, el publicano se golpea el pecho mostrando de este modo una señal que visible en su conciencia del mal que se esconde en el corazón humano.
La finalidad de esta parábola, es enseñar el valor de la oración, pero con una condición esencial de la misma: la humildad,en la oración, pues, la actitud humilde es lo que hace a Dios aceptarla, mientras que la actitud soberbia del que pide con exigencia, más o menos camuflada, Dios no la escucha. 
Es así como en esta parábola la oración de cada uno, tanto la del fariseo como las del publicano, hablan de su vida, por una parte la autosuficiencia de una pretendida justicia que hace al que así reza superior a los otros y se expresa a través de un extenso elenco de virtudes propias, y por otra parte el pecado que nos hace pequeños ante Dios, “Dios mío, ten piedad de mí”, con lo que entendemos quién fue grato a Dios y quién es afectuoso a su corazón.
En el caso del fariseo, encontramos al soberbio, al engreído por la práctica material de la Ley; despreciador de los demás, por considerarlos pecadores. El fariseo se consideraba siempre “el justo.” El publicano, considerado como gente “pecadora,” odiada y despreciable.
Si analizamos lo que reza, vemos que no ora, sino que relata sus necedades, porque sólo lo que refiere, aunque fuese verdad, no evitaba el orgullo.obras su supererogación. Ayuna “dos veces” por semana.
En cambio el publicano reza:"¡Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador!" La oración del publicano, por su humildad, por reconocer lo que era ante Dios, pecador, sin levantar los ojos ni las manos al cielo, como era normal, y pedirle misericordia, era válida y adecuada.
La parábola que expone Jesús, nos presenta dos posiciones opuestas del hombre frente a Dios, una es simbolizada por el fariseo, “la soberbia”.
con menosprecio a los demás.
El orgulloso no conoce el amor de Dios y se encuentra alejado de El. Se ensoberbece porque es rico, sabio o famoso, pero ignora la profundidad de su pobreza y de su ruina, porque no ha conocido a Dios. En cambio, el Señor viene en ayuda de quien combate contra la soberbia, a fin de que triunfe sobre esta pasión. El alma soberbia se atormenta por sí misma.
La otra posición opuesta, simbolizada por el publicano, es la de una profunda humildad.la humildad permite reconocer los propios errores. Así es, como el publicano, que con esta actitud de profunda humildad, hace un reconocimiento sincero de sus faltas, el se mira interiormente a sí mismo y lo hace con verdad y honestidad, entonces se sabe pecador, y por lo mismo, se reconoce necesitado del perdón de Dios.
Somos humildes, cuando no nos fijamos en los demás y no los juzgamos, sino que los hacemos a sí mismo.
Finalmente Jesús, pronuncia una sentencia sobre la actitud de soberbia del fariseo y la humilde del publicano. El fariseo, llenos de si, se vuelve vacío de Dios, el publicano, vacío de sí mismo y se ve envuelto por el amor y la misericordia de Dios. Es decir la oración humilde justifica, es decir, nos hace aceptables a Dios, y la soberbia nos cierra las puertas de su misericordia.

“¡Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador!”

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