jueves, 20 de junio de 2013

LA VIDA DE JESUS DEBE SER VIDA NUESTRA.

Nuestra fe está centrada en Jesús. El hombre cuya personalidad nos apasiona, cuya vida es estímulo y horizonte para nosotros, cuya muerte es reveladora y está en plena coherencia con su vivir. Todo esto es verdad. Pero si aquí termina la aventura de Jesús de Nazaret, tenemos que volvernos .a casa como los discípulos de Emaús al tercer día. Pero no. ¡Cristo ha resucitado! Esto es lo que creyeron y confesaron los apóstoles, y esto mismo es lo que creemos y confesamos nosotros. Ahora bien, si ésta es la cuestión decisiva en nuestra vida, no podemos contentarnos con repetir una y otra vez "Cristo ha resucitado", sino que hemos de preguntarnos qué significado tiene esto en mi existir, en la vida de la comunidad cristiana y en la historia del mundo para su presente y, sobre todo, para su futuro. Nuestro punto de partida debe ser la experiencia de los primeros creyentes. Comenzaremos viendo qué creyeron los apóstoles; qué supuso para ellos el acontecimiento de las apariciones; en qué fundaron su decisión y su compromiso radical.Lo que la ciencia histórica puede decir acerca del hecho de la resurrección de Jesús, es que sus discípulos dieron testimonio de ella. Las apariciones de Jesús después de su muerte fueron únicamente algunos encuentros con sus amigos y discípulos. La ciencia histórica se ha de detener por fuerza en estos testigos. Puede sopesar su credibilidad. El cristiano debe hacerlo. No puede creer "al azar" (1 Cor. 15, 2). No es la opinión de unos pocos, que fue imponiéndose poco a poco y vino a ser opinión común. No; desde el principio esta convicción es el centro y piedra angular de la predicación de todos, (1 Cor. 15, 11).De la resurrección depende la fe. "Y si Cristo no ha sido resucitado, vacía, por tanto, es nuestra proclamación; vacía también vuestra fe...aún estáis en vuestros pecados" (1 Cor.15, 14 - 17), Si no hay resurrección, prosigue Pablo, los apóstoles somos unos impostores, y vosotros engañados de la manera más lamentable, somos los más desgraciados de todos los hombres "si nuestra esperanza en Cristo solo es para esta vida" (1 Cor. 15, 19). En tal caso, mejor que conformarse con un Cristo imaginario, prefiere asociarse a los que dicen, entre tristes y contentos: "Comamos y bebamos, que mañana moriremos" (1 Cor. 15, 32). El más antiguo testimonio escrito que poseemos sobre la resurrección es el de Pablo, lo mismo que respecto de la eucaristía. Y lo mismo que allí, encabeza aquí sus palabras con la advertencia especial de que también él ha recibido de otros este testimonio. Estas palabras, son pues, más antiguas. Todos los evangelios comienzan por una narración muy modesta y sencilla; las mujeres que el domingo por la mañana van a ver el sepulcro. Una palabra clave para entender plenamente el sentido de esta narración, es la mención del color "blanco". Junto al sepulcro es visto un "joven" (Mc. un ángel, Mt.). Ahora inmediatamente después del sábado, cuando por vez primera en la historia universal sale el sol sobre una mañana de domingo, sobre un "día del Señor" (Apoc. l, 10), unas mujeres son recibidas por alguien vestido de las blancas ropas del fin de los tiempos. Su reacción es de miedo. Pero toda esto es mera envoltura de lo que importa, el engarce donde brilla el verdadero diamante de la narración: "¡Ha resucitado!" He ahí la palabra tranquilizante y gozosa. Es el mismo mensaje de pascua que en Pablo: El Señor vive. Los cuatro evangelistas ofrecen el mensaje de la resurrección de Jesús en forma narrativa. Si se comparan sus relatos entre sí, observamos que estos difieren entre sí mucho más que, por ejemplo, las historias de la pasión. Los distintos autores aducen apariciones distintas, y, cuando tratan el mismo hecho, difieren en pormenores.Después de la escena del sepulcro vacío, añade Mateo una aparición a las mujeres, que probablemente tuvo lugar en otro momento. Entre tanto, nada hemos dicho sobre las apariciones de Jesús. En la narración sobre el sepulcro vacío, no lo vimos a El mismo. La alegría que ahora empieza, no se expresa en formas grandiosas. Dios no quiso ponérnosla ante los ojos en manifestaciones sobrecogedoras, sino sencillamente, humana y casi idílicamente. En conclusión, lo que comienza a renovar la historia universal no es una obra humana, sino una acción de Dios. La cabeza humillada de Jesús se levanta para siempre. El reino de Dios se despliega en un hombre que se ha hecho nuevo. Lo que creen los apóstoles. Admitir y confesar que Jesús ha resucitado significa reconocer que Dios ha testificado a favor de Jesús; ha garantizado de un modo roas definitivo y radical por medio de sus milagros o de su estilo de vida, que él es el enviado al que tenemos que escuchar (Mt. 3, 16 ss.; 17, 5).Desde las apariciones, y por la iluminación interior que reciben, los apóstoles creen que Jesús es Señor, que está ala derecha de Dios, que es el Hijo de Dios. Confesar que Jesús vive en Dios, que ha resucitado, es decir, que ha pasado a existir de una manera que sólo negativamente podemos explicar, pero que supone la superación de todas las limitaciones del existir humano. Existe de otro modo; inmortal; incorruptible; enteramente libre. No está fuera de la historia; está metido en ella más que cualquiera de nosotros. La resurrección es así una nueva forma de estar presente: "Estoy con vosotros hasta la consumación de los siglos" (Mt.28, 20). Se cree en Jesús como el primogénito, el primero de los muertos, porque lo sucedido en Jesús es garantía y seguridad de que Dios salva a los hombres de la muerte (1 Cor.15, 12-22). En la comunión con el resucitado. Los relatos de las apariciones no son únicamente el testimonio de las experiencias inefables vividas por los apóstoles. El Espíritu, es el don por excelencia del Resucitado; resucitar significa para Jesús llegar a ser espíritu vivificante, fuente de agua viva, que salta hasta la vida eterna. El Espíritu es quien nos hace vivir el misterio de Cristo. Grábelas al Espíritu que nos comunica, el Señor no está ya simplemente con nosotros, como estaba con los apóstoles y discípulos antes del viernes santo; desde Pascua está en ellos. Así pues, la misión, la vida y el Espíritu de Jesús están presentes y actúan en los discípulos. Esto nos lleva a fijarnos más directamente en la comunidad naciente. La comunidad del Resucitado. Con la fe pascual nace la comunidad creyente. Sobre todo, el dinamismo de la caridad, el amor radical y eficaz "que supera todos los demás dones. Cada época tienen que hacerse ineludiblemente esta pregunta: ¿qué significa para nosotros creer en Jesucristo Resucitado? Señor, con Cristo, de toda la creación, libre del espacio, del tiempo y de las limitaciones, El universo y la historia toda está sometida a un proceso de crecimiento, cuyo dinamismo concreto quizá desconocemos, pero cuya dirección se nos ha revelado en Cristo. La resurrección de Cristo, en efecto, nos da la seguridad de que la historia y el mundo tienen sentido; de que todos los pasos que ahora se den en pro de una auténtica humanización del universo, preparan de algún modo la plenitud final (Ig.M.39).Testigos de la Resurrección de Jesucristo. Testigos, por habernos encontrado personalmente con Cristo Resucitado, De este encuentro deriva un nuevo conocimiento, un conocimiento experimental, nuevo conocimiento vital, que desborda el entendimiento; una posesión viva por todas las facultades, una visión por los ojos del corazón(Ef. l, 18).

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